POEMAS Y POETAS




Gabriele Rigon: photo






Antonio Cisneros
(1942)
(Perú)




Tercer movimiento (affettuosso)
contra la flor de la canela



Para hacer el amor
debe evitarse un sol muy fuerte sobre los ojos de la
              muchacha,
tampoco es buena la sombra si el lomo del amante
              se achicharra
para hacer el amor.
Los pastos húmedos son mejores que los
              pastos amarillos
pero la arena gruesa es mejor todavía.
Ni junto a las colinas porque el suelo es rocoso ni
              cerca de las aguas.
Poco reino es la cama para este buen amor.
Limpios los cuerpos han de ser como
              una gran pradera:
que ningún valle o monte que de oculto y los amantes
podrán holgarse en todos sus caminos.
La oscuridad no guarda el buen amor.
El cielo deber ser azul y amable, limpio y redondo
               como un techo
y entonces
la muchacha no verá el dedo de Dios.
Los cuerpos discretos pero nunca en reposo,
los pulmones abiertos,
las frases cortas,
es difícil hacer el amor pero se aprende.


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  •  Oliverio Girondo
  • Que los ruidos te perforen los dientes...
     
 István Sándorfi


Oliverio Girondo



Que los ruidos te perforen  los dientes,
como una lima de dentista,
y la memoria se te llene de herrumbre,
de olores descompuestos y de palabras rotas.
Que te crezca, en cada uno de los poros,
una pata de araña;
que sólo puedas alimentarte de barajas usadas
y que el sueño te reduzca, como una aplanadora,
al espesor de tu retrato.
Que al salir a la calle,
hasta los faroles te corran a patadas;
que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte
ante los tachos de basura
y que todos los habitantes de la ciudad
te confundan con un madero.
Que cuando quieras decir: "Mi amor",
digas: "Pescado frito";
que tus manos intenten estrangularte a cada rato,
y que en vez de tirar el cigarrillo,
seas tú el que te arrojes en las salivaderas.
Que tu mujer te engañe hasta con los buzones;
que al acostarse junto a ti,
se metamorfosee en sanguijuela,
y que después de parir un cuervo,
alumbre una llave inglesa.
Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto,
para que los espejos, al mirarte,
se suiciden de repugnancia;
que tu único entretenimiento consista en instalarte
en la sala de espera de los dentistas,
disfrazado de cocodrilo,
y que te enamores, tan locamente,
de una caja de hierro,
que no puedas dejar, ni por un solo instante,
de lamerle la cerradura.

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  • Raúl Gómez Jattin 
  • Canción del Amor Sincero
 
Prometo no amarte eternamente,
ni serte fiel hasta la muerte,
ni caminar tomados de la mano,
ni colmarte de rosas,
ni besarte apasionadamente siempre.
Juro que habrá tristezas,
habrá problemas y discusiones
y miraré a otras mujeres
vos mirarás a otros hombres
juro que no eres mi todo
ni mi cielo, ni mi única razón de vivir,
aunque te extraño a veces.
Prometo no desearte siempre
a veces me cansaré de tu sexo
vos te cansarás del mío
y tu cabello en algunas ocasiones
se hará fastidioso en mi cara
Juro que habrá momentos
en que sentiremos un odio mutuo,
desearemos terminar todo y
quizás lo terminaremos,
mas te digo que nos amaremos
construiremos, compartiremos.
¿Ahora si podrás creerme que te amo? 


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 Miles Williams Mathis



 Julio Cortázar


 Llévese estos ojos, piedritas de colores,
esta nariz de tótem, estos labios que saben
todas la tablas de multiplicar y las poesías más selectas.
Le doy la cara entera, con la lengua y el pelo,
me quito uñas y dientes y le completo el peso.
No sirve
esa manera de sentir. Qué ojos ni qué dedos.
Ni esa comida recalentada, la memoria,
ni la atención, como una cotorrita perniciosa.
Tome las inducciones y las perchas
donde cuelgan palabras lavadas y planchadas.
Arree con la casa, fuera todo,
déjeme como un hueco o una estaca.
Tal vez entonces, cuando no me valga
la generosidad de Dios, ese boy- scout,
y esté igual que la alfombra que ha aguantado
su lenta lluvia de zapatos ochenta años
y es urdimbre nomás, claro esqueleto donde
se borraron los ricos pavorreales de plata,
puede ser que sin vos diga tu nombre cierto,
puede ocurrir que alcance sin manos tu cintura

Julio Cortázar





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 José Manuel Caballero Bonald



 Omar Ortiz


 Suplantaciones

Unas palabras son inútiles y otras
acabarán por serlo mientras
elijo para amarte más metódicamente
aquellas zonas de tu cuerpo aisladas
por algún obstinado depósito
de abulia, los recodos
quizá donde mejor se expande
ese rastro de tedio
que circula de pronto por tu vientre,

y allí pongo mi boca y hasta
la intempestiva cama acuden
las sombras venideras, se interponen
entre nosotros, dejan
un barrunto de fiebre y como un vaho
de exudación de sueño
y otras cavernas vespertinas,

y ya en lo ambiguo de la noche escucho
la predicción de la memoria:
dentro de ti me aferro
igual que recordándote, subsisto
como la espuma al borde de la espuma
mientras se activa entre los cuerpos
la carcoma voraz de estar a solas.


 José Manuel Caballero Bonald




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Jorge Carrera Andrade




Mademoiselle Satán, rara orquídea del vicio.

¿Por qué me hiciste di, de tu cuerpo regalo?


La señal de tus dientes llevo como un silicio


y en mi carne posesa del enemigo malo.


¿Por qué probó mi lengua el sabor de tu sexo


y el vino que la noche destilan tus pezones?


¿Por qué el vello que nace de tu vientre convexo


se erizó para mí con nuevas tentaciones?


¿Por qué se ha hundido en mis labios tu lengua venenosa


y se hollaron tus ojos con lúbrico signo?


Y cuando haces vibrar tu desnudez lechosa


pienso que debes ser la hembra del maligno.


Yo la he visto desnuda Señor, sí, yo la he visto.


Tembló y quedóse el alma eternamente muda;


prefiero a ese recuerdo los tres clavos de Cristo,


a la Cruz, antes que verla en mis noches, desnuda.


Señorita Satán, tú que todo lo puedes,


tus hombros, tu cadera que reclama el incienso,


tus suaves pies, tus brazos, son otras redes,


tendidas hacia el pobre corazón indefenso.


Me diste el dulce zumo de tu boca, el turbante


martirio de tus muslos, ceñiste mi cintura


y cuando fuimos presos del espasmo extenuante


tu enorme beso fue como una quemadura.


Eres la hembra única, lo mismo en el reposo


que en el sensual combate. Santa orquídea del vicio


hasta cuando torturas con tu cuerpo oloroso,


no hay placer en el mundo que iguale a aquel suplicio.


Satán, mujer que tienes un rubí en cada pecho,


tus verdes ojos lúbricos son siempre una asechanza,


tu desnudez que viene las noches a mi lecho,


para mi ciego olvido es tu mejor venganza.
 
 
 
 
  • Jorge Carrera Andrade 
 
 

Andrius Kovelinas   



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